Aterricé en Melbourne en febrero de 2017 sin conocer absolutamente a nadie. Cero contactos. Ni un primo, ni un amigo de un amigo, ni el vecino de alguien. La agencia que me había vendido el proceso no me contestó el teléfono, así que la lista completa de personas con las que podía contar en ese país era: nadie.

Un año después tenía un grupo de amigos que se volvió familia. Y no pasó por suerte.

¿Cómo se hacen amigos en Australia llegando solo?

A propósito. De adulto las amistades no aparecen solas: aparecen cuando escribes primero, aceptas planes y te repites en los mismos espacios.

De niño uno hace amigos por proximidad —el colegio, la cuadra—. De adulto, y más en un país donde no hablas el idioma, no pasa nada si tú no haces nada. Puedes estar seis meses yendo de la casa al trabajo y del trabajo a la casa sin conocer a una sola persona. Lo he visto muchísimas veces.

Lo que cambia el juego es aceptar que va a tocar hacer cosas incómodas: escribirle a un desconocido, quedarte después de clase, decir que sí a un plan que te da pereza. Nada de eso es natural. Todo eso funciona.

¿Quién fue mi primera amiga y cómo la conocí?

Camila, una desconocida a la que le escribí por Facebook antes de viajar. Me contestó, me recibió y se convirtió en mi ángel en Australia.

Antes de viajar entré a grupos de latinos en Melbourne y me puse a leer. Vi los comentarios de una chica colombiana que sabía moverse y le escribí un mensaje bastante torpe: que me iba para allá, que no conocía a nadie, que si podía hacerle unas preguntas.

Me contestó. Y no solo me contestó: me explicó cómo funcionaba el transporte, me acompañó a abrir la cuenta del banco y me ayudó a armar mi CV al estilo australiano, que no se parece en nada al colombiano. Esas tres cosas, hechas por alguien que ya conocía el terreno, me ahorraron meses.

Esa historia la conté con más detalle en el artículo sobre la desconocida que se volvió mi familia. Y lo repito cada vez que puedo: el mensaje que no mandas es el amigo que no tienes.

¿Dónde conocí al resto del grupo?

En tres lugares: el salón de clase, la casa compartida y el trabajo. Los tres comparten algo: ves a la misma gente cada semana.

El salón fue el primero. Cuando llegas a un curso de inglés estás rodeada de gente que está exactamente en tu misma situación: recién llegada, sin red, con el mismo nivel de miedo. Es probablemente el lugar más fácil del mundo para hacer amigos, y muchos lo desperdician por timidez o por quedarse solo con los que hablan español.

La casa compartida fue el segundo. Yo viví con una roommate china, con una coreana en la sala, con un coreano en otro cuarto, con una australiana y con colombianas —esa mezcla la cuento completa en mis cuatro años compartiendo casa—. Cocinar al lado de alguien todos los días crea vínculos que ningún evento social crea.

El trabajo fue el tercero, y para mí el más duradero. La gente con la que limpias estadios a las cuatro de la mañana en invierno se te queda de por vida.

“Le escribí a una desconocida por Facebook. Ese mensaje torpe fue la mejor decisión que tomé en Australia.”

¿Debo juntarme solo con latinos o evitarlos?

Ninguno de los dos extremos. Los latinos te sostienen emocionalmente al principio; la gente de otros países te obliga a hablar inglés a diario.

Hay dos discursos y los dos me parecen malos. Uno dice que si te juntas con latinos nunca aprendes inglés. El otro dice que solo con los tuyos vas a estar bien. La verdad está en el medio y depende del momento.

Los primeros meses yo necesitaba latinos, punto. Necesitaba poder decir lo que sentía sin traducir, comer algo conocido, llorar en español. Eso no es debilidad, es supervivencia. Pero si a los seis meses tu vida entera sigue pasando en español, el inglés se estanca y tu mundo laboral también.

Mi mezcla fue afortunada: amigos latinos para el alma, casa multicultural para el idioma. Si te preocupa la soledad antes de viajar, te va a servir lo que escribí sobre la soledad y la comunidad latina en Australia.

Lo que no funcionó

Esperar. Esperar a hablar mejor inglés para hacer amigos, esperar a tener plata para salir, esperar a que alguien me invitara. Esos meses de espera fueron los más solos y no produjeron nada.

Tampoco funcionó buscar amigos desde la necesidad pura, con desespero. La gente lo nota. Funcionó mejor ofrecer algo: acompañar a alguien a un trámite, compartir una vacante, cocinar. Las redes se construyen dando, no pidiendo.

Lo que yo haría en tu lugar

Antes de viajar, escríbele a tres personas que ya estén allá. No a una: a tres, porque dos no te van a contestar. Un mensaje corto, honesto y sin pedir favores grandes. Con que una responda, cambia tu primer mes entero.

Y cuando llegues, quédate quince minutos después de la clase. Suena a nada y es donde se arma todo. Si estás en tus primeros días y te sientes solo, léete también lo que cuento sobre mi primera semana y escríbeme si quieres hablarlo.