Cuando llegué a Australia, mi primer trabajo relacionado con hotelería fue limpiando habitaciones. Ocho años después, dirigía un hotel. Esta es la historia de cómo pasó — y no fue de la noche a la mañana.
El trabajo que más amé: el gimnasio
Antes del hotel, hubo un paso clave: un trabajo de limpieza en un gimnasio que terminó siendo mucho más que un empleo. Empecé un día a la semana. El manager, Jack, confiaba en mí y siempre resaltaba mi trabajo. Poco a poco, casi sin darme cuenta, pasé a tiempo completo, luego a supervisora del equipo de limpieza, y finalmente a recepción — atendiendo clientes, contestando llamadas, todo en inglés.
Ahí mi inglés dio un salto enorme, simplemente porque no tenía otra opción que hablarlo todos los días. Cada ascenso fue un reto que no había imaginado cuando llegué con miedo de no entender ni un "hello".
El mensaje que no esperaba
Un día, sin buscarlo, recibí un mensaje de una persona que conocía de mis tiempos del SENA en Colombia: "Lina, ¿estás buscando trabajo en un hotel?" No lo estaba — tenía un buen puesto en el gimnasio. Pero algo en mí necesitaba probarse a sí misma con un reto más grande, así que acepté.
"Ser manager de un hotel fue como escalar una montaña que nunca pensé alcanzar. Me exigió todo lo que había aprendido en ocho años: disciplina, resiliencia, inglés, y sobre todo, confianza en mí misma."
Llegar a la cima — y saber cuándo bajar
Dirigir un hotel significó coordinar equipos, resolver problemas bajo presión, tomar decisiones todo el día en un segundo idioma. Fue, sin duda, el logro profesional más grande de mis años en Australia.
Pero mientras más alto llegaba, más claro veía algo inesperado: había llegado a un punto donde, para seguir subiendo, tendría que endeudarme con una maestría carísima solo para mantener mi visa vigente. Y entendí que ese no era el camino que quería seguir, viviendo pendiente de una lista de profesiones que cambia cada seis meses.
Así que tomé una decisión que años atrás me habría parecido imposible: regresar a Colombia. No fue una decisión de derrota — fue una decisión de amor, por mi familia, por mis amigos, por mí misma.
Lo que este camino me enseñó
Pasar de limpiar baños a dirigir un hotel no pasó por un golpe de suerte. Pasó por decir sí a cada oportunidad, incluso las incómodas, por dejarme ver por gente que confió en mí antes de que yo confiara en mí misma, y por no quedarme donde ya no tenía más que aprender.
Si tu meta es crecer profesionalmente en Australia, no busques el atajo: busca la constancia. Y si quieres construir ese camino con una hoja de ruta más clara que la que yo tuve, en LEM te ayudamos a diseñarlo desde antes de viajar.