Hay una pregunta que casi nadie me hace en voz alta pero que se nota entre líneas de los mensajes: “¿me quiero ir, o me quiero ir de aquí?”.
No es lo mismo. Y te lo dice alguien que se fue, en parte, arrancando.
¿Está mal irse a Australia huyendo de algo?
No está mal. Casi todos nos vamos empujados por algo que nos incomoda. El problema no es el impulso: es no saber que está ahí.
Yo trabajaba en una agencia de viajes en Bogotá y no podía avanzar porque no hablaba inglés. En todos los trabajos de mi área me lo pedían. Esa fue la razón de irme, dicho sin adornos: una frustración. Estaba estancada y no veía cómo salir de ahí desde donde estaba.
Durante años conté esa historia en versión bonita: “me fui a cumplir un sueño”. Y es verdad, pero no es toda la verdad. También me fui arrancando. Y saber eso no me quitó nada; me explicó un montón de cosas que me pasaron allá.
Así que no vengo a decirte que huir está mal. Vengo a decirte que si vas a huir, mejor sabiendo de qué.
¿Cómo sé si estoy huyendo o si de verdad lo quiero?
Fíjate en cómo describes el plan. Si lo que cuentas es de qué te vas y no qué vas a hacer allá, todavía te falta claridad.
Hay tres preguntas que le hago a la gente cuando siento que el mensaje viene cargado. No son un examen, no se aprueban ni se pierden. Son para escucharte a ti mismo:
Uno. Si mañana se arreglara eso de lo que te quieres escapar, ¿seguirías queriendo irte? Si la respuesta es sí, tienes un proyecto. Si es no, tienes una salida de emergencia. Las dos son válidas, pero se planean distinto.
Dos. ¿Puedes describir un martes cualquiera allá? No la foto de la playa: un martes. A qué hora te levantas, a qué clase entras, en qué trabajas, con quién almuerzas. Si solo tienes postal y no tienes martes, todavía no estás decidiendo, estás soñando. Para aterrizarlo, mira en qué trabaja uno realmente cuando llega a Australia.
Tres. ¿Qué estás dispuesto a hacer los primeros seis meses? Porque los primeros seis meses casi nunca se parecen al plan. Yo limpié casas, cuartos de hotel, estadios de madrugada y tranvías en invierno con un título de hotelería en la maleta.
Lo que se queda en Colombia y lo que se te sube al avión
Se queda: un trabajo específico que odias, una rutina, un ex, una ciudad que te aburre, la pregunta incómoda en los almuerzos familiares.
Se sube al avión contigo: tu relación con la plata, tu manera de manejar la soledad, tu forma de pedir ayuda o de no pedirla, y lo que te exiges a ti mismo.
Yo llegué a Melbourne en febrero de 2017 sin hablar inglés y sin conocer a nadie. La agencia que me vendió el proceso no me contestó el día que aterricé. Terminé llorando en una banca del aeropuerto. Mi mamá me había metido diez latas de atún en la maleta, y esas latas fueron mi plan de supervivencia los primeros diez días.
Las latas de atún no arreglaron nada de fondo. Me dieron de comer diez días, que no es poco, pero lo que yo traía adentro se bajó del avión conmigo. Ese primer choque lo cuento completo en mi llegada a Melbourne y el error más grande que cometí.
¿Qué pasa si llego y el problema seguía ahí?
Pasa más de lo que se cuenta. Cambiar de país cambia el escenario, pero no cambia por sí solo lo que uno lleva adentro.
Hubo una noche en la que quise comprar el tiquete de regreso. No fue por el trabajo ni por el frío: fue porque me di cuenta de que la sensación de la que me estaba escapando había viajado conmigo, y ahora estaba a diecisiete mil kilómetros de todo lo conocido. Esa noche la conté en la noche en la que quise comprar un tiquete de regreso.
Lo que me sacó de ahí no fue una revelación. Fueron cosas aburridas: una rutina, un turno fijo, plata entrando, y sobre todo, gente. Le escribí por Facebook a una desconocida que se llamaba Camila y terminó siendo mi primera amiga y mi familia allá: me enseñó a moverme, me ayudó con la cuenta bancaria y con el CV. Esa historia está en le escribí a una desconocida por Facebook.
Australia no me curó nada. Me puso en un lugar donde tuve que resolver, y resolver muchas veces seguidas sí cambia cosas. Pero el mérito no fue del país.
“Yo me fui arrancando de una frustración. Lo entendí años después, y entenderlo no me quitó nada: me explicó todo.”
Cuándo vale la pena parar y buscar ayuda
Aquí voy con cuidado, porque no soy psicóloga y no te voy a diagnosticar nada por internet.
Solo te digo esto: si eso de lo que te quieres escapar te está afectando el sueño, el apetito o la capacidad de hacer tu vida diaria, eso merece atención profesional antes del viaje, no en vez del viaje. Un proceso migratorio es exigente: soledad, idioma, plata contada, trabajos duros, distancia con la gente que quieres. Es un contexto que aprieta, no que alivia.
Buscar ayuda no cancela el plan. Muchas veces lo hace posible. Y si vas a viajar, saber a quién vas a llamar cuando estés mal —allá o acá— es parte de la logística, tan importante como el tiquete. Sobre la soledad real de los primeros meses escribí la verdad sobre la soledad y la comunidad latina en Australia.
Lo que yo haría en tu lugar
Yo escribiría el motivo real en un papel, sin editarlo para que suene bien. Si el motivo es rabia, escribe rabia. Si es una relación que se acabó, escríbelo. Si es que en tu casa te preguntan todos los domingos qué vas a hacer con tu vida, escríbelo también. Ese papel no lo va a leer nadie más.
Después, con el motivo a la vista, decide. Muchas veces la decisión sigue siendo irse, y está perfecto. Solo que ahora sabes qué te empuja, y eso te va a servir el día que allá las cosas se pongan difíciles, porque se van a poner.
Y si lo que te falta es certeza sobre el momento, más que sobre el motivo, te dejé eso en ¿y si me equivoco? ¿Cómo sé que este es mi momento?.
Si quieres, me escribes por WhatsApp y me cuentas tu caso tal como es, sin la versión de LinkedIn. Lo miramos juntos y con calma.