La mentira más grande de mi vida se la dije a mi mamá en el aeropuerto El Dorado, en febrero de 2017: “son seis meses, mami”. Y se la dije convencida. No estaba maquillando nada, de verdad creía que en seis meses estaba de vuelta con el inglés puesto y un mejor trabajo esperándome.

Volví ocho años después.

¿Por qué casi nadie vuelve en la fecha que dijo?

Porque el plan de seis meses se calcula desde Colombia, con información incompleta, y la realidad allá se mueve en ciclos más largos: cursos, visas.

Cuando uno arma el plan desde acá, lo arma con la cabeza de acá. Piensas: seis meses de curso, aprendo inglés, vuelvo. Lo que no sabes es que los primeros dos o tres meses se te van solo en aterrizar —conseguir dónde vivir, conseguir trabajo, entender el transporte, dejar de tenerle miedo al teléfono—. El inglés real empieza después de eso.

Y entonces pasa lo obvio: te das cuenta de que si te devuelves ahí, te devuelves justo cuando estabas empezando. Nadie quiere pagar el precio completo de la parte difícil y no cobrar la parte buena. Así que extiendes. Y una vez extiendes la primera vez, extender deja de ser un evento y se vuelve una costumbre. Yo lo hice varias veces, y lo cuento en el artículo donde admito que cambié de planes muchas veces.

¿Qué le pasa a tu presupuesto cuando el plan se estira?

Se rompe la cuenta original. Cada extensión implica curso nuevo, visa nueva y seguro nuevo, gastos que casi nadie mete en el presupuesto inicial.

Esta es la parte que más me interesa que entiendas, porque es la que duele. El presupuesto que armas para seis meses no es un tercio del presupuesto de dos años: es otro presupuesto completamente distinto. Cada vez que sigues estudiando tienes que pagar matrícula otra vez, seguro médico otra vez y trámite de visa otra vez. Las cifras cambian cada año, así que confírmalas siempre antes de decidir; en el desglose de cuánto cuesta estudiar y vivir en Australia te explico cómo mirarlas sin engañarte.

Mi consejo práctico: no armes el presupuesto de tu plan. Arma el presupuesto de tu plan más una extensión. Si al final no la usas, celebras. Si la usas —que es lo que pasa la mayoría de las veces— no te agarra desprevenido. Sobre cómo funciona seguir estudiando desde allá, te sirve lo que explico sobre aplicar a una nueva visa de estudiante estando en Australia.

¿Cómo le explicas a tu familia que no vuelves todavía?

Con la verdad y a tiempo. Lo que rompe a las familias no es que te quedes más: es enterarse tarde y por goteo.

Yo lo hice regular. Fui estirando la conversación de a poquitos —“me quedo un semestre más”, “estoy terminando un curso”, “ahorita están complicadas las cosas”— hasta que un día caí en cuenta de que llevaba años dándole a mi familia fechas que yo misma no creía.

Lo que aprendí, tarde: es mejor decir “no sé cuánto me voy a quedar, pero te voy a contar cada vez que cambie algo” que prometer una fecha bonita. La fecha bonita compra tranquilidad hoy y cobra intereses después. Y si te preocupa cómo tener esa conversación desde el principio, escribí sobre cómo explicarle este proyecto a tus papás y también sobre cómo fue esa conversación en mi caso.

“Nadie se queda ocho años por un plan. Uno se queda ocho años por una suma de decisiones de seis meses.”

¿Quedarse más tiempo es bueno o es un error?

Ninguna de las dos por defecto. Depende de si te estás quedando porque estás construyendo algo o solo porque volver da miedo.

Hay dos formas muy distintas de quedarse. Una es la que suma: te quedas porque estás estudiando algo que te sirve, subiendo en un trabajo, armando un camino. La otra es la que solo aplaza: te quedas porque volver se siente como aceptar que no funcionó, aunque allá ya no estés avanzando.

Yo estuve en las dos. Hubo años en los que subía —pasé de limpiar a supervisar, después a recepción, después a dirigir un hotel—, y hubo temporadas en las que solo estaba dejando pasar el tiempo con un curso encima para sostener la visa. La diferencia se siente por dentro y uno sabe cuál está viviendo.

Al final volví, y volví tranquila. Las razones las cuento completas en por qué decidí regresar a Colombia después de ocho años, pero el resumen es que nunca hicimos camino a la residencia y llegó el momento de dejar de invertir en algo incierto.

La parte que sí me alegra de haberme quedado

Ocho años me dieron un idioma, una carrera, una pareja, una forma de trabajar y una manera de ver la vida que no tenía a los 23. No cambio nada de eso. Lo único que cambiaría es la claridad: haber sabido desde el principio que el plan de seis meses era una intención, no una predicción.

Lo que yo haría en tu lugar

Yo no te diría “vete por seis meses”. Te diría: define para qué te vas, ponle una señal concreta de que lo lograste, y decide de antemano qué harías si a los seis meses no está listo. Tener esa respuesta escrita vale más que cualquier fecha de regreso.

Y haz el presupuesto con una extensión adentro. Si quieres, me escribes por WhatsApp con tu plan tal como lo tienes hoy y lo revisamos juntos, honestamente, incluida la parte de qué pasa si se estira.