Yo vendía viajes que no podía hacer. Trabajaba en una agencia en Bogotá, armaba itinerarios para gente que se iba a Cancún o a Madrid, y a las seis de la tarde me montaba en Transmilenio de vuelta a mi barrio. Me gustaba el trabajo. Lo que no me gustaba era la parte donde yo me quedaba quieta.

Venía de un tecnólogo en el SENA y después de estudiar Hotelería y Turismo con una beca del 100 por ciento. Sobre el papel iba bien. En la práctica, cada vez que miraba una vacante mejor, encontraba la misma línea al final: inglés intermedio-avanzado. Y yo no hablaba nada.

¿Por qué me fui de una agencia de viajes en Bogotá a estudiar inglés a Melbourne?

Me fui porque todos los cargos a los que quería subir en turismo pedían inglés, y yo no lo hablaba. El techo era el idioma.

No fue una crisis existencial ni un momento de película. Fue algo más aburrido y más real: la sensación de estar haciendo todo bien y aun así no moverme. En turismo, el inglés no es un plus, es la puerta. Sin él te quedas en el mostrador de siempre, atendiendo el mercado local, viendo pasar los ascensos.

Intenté aprenderlo aquí. Me inscribí en cursos, compré libros, hice el intento de los audios en el bus. El problema no era la disciplina, era que salía de clase y volvía a un mundo donde todo pasaba en español. Uno puede saberse la gramática entera y seguir sin poder sostener una conversación de tres minutos con un cliente. Si estás en ese punto, te va a servir leer qué nivel de inglés se necesita de verdad para viajar a estudiar, porque la respuesta sorprende a mucha gente.

¿Cómo supe que el problema era el techo y no yo?

Cuando entendí que no me faltaba esfuerzo sino un requisito concreto. No era falta de talento: era una casilla que yo no podía marcar todavía.

Durante un tiempo pensé que me faltaba algo personal. Que no era lo suficientemente buena, o rápida, o carismática. Hasta que hice el ejercicio de mirar diez vacantes seguidas y anotar qué me sobraba y qué me faltaba. Me sobraba formación. Me sobraba actitud. Me faltaba una sola cosa, siempre la misma.

Eso cambia la conversación. Una carencia difusa te paraliza; una carencia concreta se puede atacar. Y atacarla, en mi caso, significaba irme a un lugar donde el inglés no fuera una materia sino el aire.

¿Por qué Australia y no otro país?

Porque era el único destino donde podía estudiar inglés y trabajar legalmente al mismo tiempo, sin depender de que alguien en Colombia me mantuviera.

Yo no tenía plata guardada. Venía de un barrio de estrato 2, mi familia no tenía cómo sostenerme un año afuera y yo no iba a pedirles eso. Australia aparecía como la opción donde el trabajo mientras estudias es parte del sistema, no una trampa. Eso me permitió armar un plan que no dependiera de un milagro. Terminé viajando en febrero de 2017, a los 23 años, con un crédito del ICETEX encima.

Elegí Melbourne medio a ciegas, para ser honesta. Me dijeron que era más tranquila que Sídney y que había más oportunidades de estudio. No hice el análisis juicioso que hoy le hago hacer a la gente. Si estás en esa decisión, el artículo sobre cómo elegir la ciudad correcta es literalmente lo que a mí me faltó.

¿Cómo fue realmente el primer mes?

Duro y silencioso. Entendía menos del veinte por ciento, dormí en un colchón inflable y viví diez días de latas de atún.

La agencia que me vendió el proceso no me contestó cuando aterricé. Terminé llorando en una banca del aeropuerto de Melbourne, con la maleta al lado y sin saber para dónde coger. Mi mamá me había metido diez latas de atún en el equipaje y esas latas fueron mi plan de supervivencia real la primera semana y media. De esa parte hablo sin filtro en el artículo donde cuento que lloré toda mi primera semana.

El primer mes fue una mezcla rara. Por un lado, la ciudad me encantaba: los tranvías, los cafés, la sensación de que nadie me estaba mirando raro. Por otro, yo era una persona muy sociable convertida de repente en alguien que solo podía decir sorry y thank you. Ese contraste cansa más de lo que uno cree.

“Me fui porque no me alcanzaba el inglés para el trabajo que quería. Nunca imaginé que el idioma iba a ser la parte fácil.”

Lo que aprendí del techo profesional

Ocho años después puedo decir esto: irse no arregla tu carrera por sí solo. Yo empecé limpiando casas, no gestionando hoteles. El título de Hotelería y Turismo no me abrió ni una puerta el primer año. Lo que sí pasó es que el techo se movió. Dejó de ser el idioma y pasó a ser otra cosa —la experiencia local, los certificados, el tiempo.

Y ese es el punto que quiero dejar: irse no elimina los techos, los cambia de lugar. Es un intercambio, no una cura. Vale la pena si sabes qué estás cambiando por qué.

Lo que yo haría en tu lugar

Si estás en la situación en la que yo estaba —formado, trabajando, y bloqueado por el inglés— haría dos cosas antes de nada. Primero, escribir en una hoja qué exactamente te está frenando, con nombre propio. Si es el idioma, es un problema con solución. Segundo, mirar los números reales antes de enamorarte de la idea, empezando por cuánto cuesta estudiar y vivir en Australia.

Yo me fui sin hacer ninguna de las dos con juicio y me salió bien, pero me costó más de lo necesario. Si quieres, cuéntame por WhatsApp en qué punto estás y lo miramos juntos —sin promesas y sin discursos.