Hay una foto que no existe pero que tengo clarísima: yo, sentada en una banca del aeropuerto de Melbourne, con la maleta al lado, marcando un número que nadie contestaba. La agencia que me vendió el proceso desde Bogotá no respondió el día que aterricé. Ni ese día ni los siguientes.

Ahí lloré. Y seguí llorando casi todos los días de esa primera semana.

¿Es normal llorar los primeros días en Australia?

Sí, es completamente normal. Llegas con el cuerpo desfasado, sin idioma, sin red y con toda la presión encima. Llorar es descarga, no fracaso.

Yo pensaba que llorar significaba que me había equivocado. Hoy sé que significaba otra cosa: que mi cuerpo estaba procesando de golpe un cambio enorme. Cambio de idioma, de comida, de clima, de horario, de gente, de rol. Pasas de ser alguien que se defiende en su ciudad a ser alguien que no entiende el anuncio del tranvía.

Súmale el jet lag, que no es solo sueño: es tener las emociones a flor de piel durante días. Todo lo que ya de por sí es difícil se siente el doble los primeros diez días. No estás midiendo bien tu vida en ese momento. Estás midiendo tu vida con el termómetro roto.

¿Qué fue lo más duro de esa primera semana?

El silencio. Ser una persona sociable y de repente no poder decir más que sorry y thank you cansa muchísimo más de lo esperado.

La logística fue dura, sí. Dormí en un colchón inflable en un cuarto compartido. Comí atún —mi mamá me había metido diez latas en la maleta y fueron literalmente mi plan de supervivencia los primeros diez días—. Contaba monedas antes de comprar cualquier cosa.

Pero lo que de verdad me dobló fue no poder ser yo. Yo hablo. Yo pregunto, yo hago chistes, yo me hago amiga de la gente. Y de un día para otro me convertí en alguien callado. En la fila del supermercado ensayaba mentalmente la frase antes de decirla. Esa desconexión entre quién eres y quién puedes mostrar es lo que más pesa, y casi nadie te lo advierte. De ese choque también hablo en lo que cuento sobre mi llegada a Melbourne con una maleta.

¿Cuánto dura el bajón inicial?

En mi caso, lo más fuerte duró entre dos y tres semanas. Empieza a ceder cuando aparecen rutina, ingreso propio y una primera persona conocida.

No hay un cronómetro igual para todos, pero sí hay un patrón. El bajón afloja cuando tienes tres cosas: un sitio donde dormir que no te angustie, algo de plata entrando y alguien con quien hablar. En cuanto tuve eso, el mundo cambió de color.

La tercera fue la más importante para mí. Le escribí por Facebook a una desconocida, Camila, y esa mujer se volvió mi ángel en Australia: me enseñó a moverme, me ayudó con la cuenta del banco y con el CV. Cómo se arma una red desde cero lo cuento en cómo hice mi primer grupo de amigos llegando sola.

“Lloré una semana entera y me quedé ocho años. Las dos cosas son verdad y ninguna cancela a la otra.”

¿Qué hago si estoy en esa semana ahora mismo?

Bajar la meta del día a algo mínimo: salir a caminar, mandar un CV, hablar con una persona. No decidas nada grande esa semana.

Lo que a mí me funcionó, sin romanticismo:

  • No tomar decisiones importantes los primeros quince días. Ni devolverte, ni cambiar de curso, ni pelearte con nadie. Tu criterio está desajustado.
  • Salir todos los días, aunque sea a caminar treinta minutos. Encerrarse en el cuarto empeora todo.
  • Una tarea concreta diaria: la SIM, el banco, el TFN, un CV entregado. Avanzar en algo pequeño le devuelve a uno la sensación de control.
  • Hablar con la familia, pero no cinco horas al día. Demasiada videollamada te mantiene con un pie allá y otro acá.
  • Buscar una persona, no un grupo. Una sola persona conocida cambia la semana entera.

Y si el bajón no cede, si llevas semanas sin poder dormir, sin comer o sin ganas de nada, eso ya no es adaptación y no hay que aguantárselo callado. Buscar apoyo profesional allá es normal y accesible; pedirlo no es exagerado. Sobre esas noches difíciles escribí también en la noche en que quise comprar un tiquete de regreso.

Lo que sí me habría ayudado saber antes

Que no iba a estar sola para siempre. En ese momento la soledad se sentía permanente, y no lo era. Australia tiene una comunidad latina enorme y la gente ayuda más de lo que uno imagina —de eso hablo en la verdad sobre la soledad y la comunidad latina.

También me habría ayudado saber que el bajón no es un veredicto. No significa “no sirvo para esto”. Significa “estoy aterrizando”.

Y algo más: casi todo el mundo pasa por esto y casi nadie lo publica. Las fotos que ves en Instagram son del mes cuatro, no de la semana uno. Yo tampoco subí ninguna foto de la banca del aeropuerto. Si tu semana uno no se parece a lo que viste en redes, no es porque a ti te esté saliendo mal: es porque a nadie le sale bonito el principio y nadie lo cuenta.

Lo que yo haría en tu lugar

Prepara la primera semana como si fuera un mini proyecto aparte: alojamiento pagado antes de subirte al avión, alguien a quien avisarle que llegaste, y la lista de trámites de los primeros días impresa. Eso no evita el bajón, pero le quita la mitad del peso.

Y si ya estás allá y estás en esa semana, escríbeme. No te voy a decir que todo pasa por algo. Te voy a preguntar qué comiste hoy y si ya saliste de la casa.